Apóstol
(Siglo I)
San Andrés, el Apóstol, hijo de Jonas, o Juan (Mateo, xvi, 17; Juan, i, 42), nació en Bethsaida de Galilea (Juan, i, 44). Fue el hermano de Simón Pedro (Mateo, x,2; Juan, i, 40). Ambos fueron pescadores (Mateo., iv, 18; Marcos, i, 16), y al comienzo de la vida publica de Nuestro Señor ocuparon la misma casa de Cafarnaum (Marcos, i, 21, 29). Sentada sobre el lago de Genesareth estaba Cafarnaúm, y junto a Cafarnaúm, Corozaím y Bethsaida. Situada en el camino de las caravanas que desde Damasco se dirigían al mar, había llegado a ser un punto de cita para artesanos, traficantes, mercaderes, comisionistas, soldados, recaudadores y funcionarios. De los pueblos limítrofes le llegaban sin cesar gentes deseosas de ganarse la vida o de ocupar un puesto en las covachuelas del fisco. Así habían llegado dos pescadores de Bethsaida: Simón, hijo de Jonás, y su hermano Andrés.
En
la ciudad, lo mismo que en la aldea, los dos hermanos viven de la
pesca; pero tanto como las carpas y los boquerones, les interesan las
cuestiones religiosas. En las noches serenas, mientras aguardan a que
los peces vengan a meterse en la red, hablan en voz baja del último
capítulo de los Profetas, leído por el rabino en la
sinagoga, y se preguntan si el Mesías no estará a punto
de aparecer. Cuando Juan Bautista empieza a bautizar en el Jordán,
los dos hermanos se entusiasman con aquel movimiento teocrático,
y Andrés, que está más libre, se marcha de casa
en busca del Profeta. Es una naturaleza ardiente, un corazón
sencillo, un hombre que busca lealmente el reino de Dios. Juan le
admite entre sus discípulos. Una tarde estaba Andrés
con su maestro cerca del agua, cuando oyeron ruido de pasos. Delante
de ellos caminaba un hombre cuya frente aparecía aureolada por
una serenidad divina. El Bautista levantó la cabeza, clavó
en el transeúnte una mirada de admiración y respeto, y
dijo a su discípulo: «He aquí al Cordero de
Dios.»
Estas palabras impresionaron tan vivamente al joven pescador, que, dejando a Juan, echó a correr detrás del desconocido.
—¿Qué quieres?—preguntó éste, volviendo la cabeza; y había tal dulzura en su voz, que Andrés se atrevió a decirle, como pidiéndole una entrevista;
—Rabbí, ¿dónde moras? Y el Rabbí le contestó:
—Ven conmigo y lo verás.
Este fue el primer encuentro de Andrés de Bethsaida y Jesús de Nazareth.
Sin duda, el Señor habitaba entonces algunas de las casitas que se alzaban en las riberas del Jordán, tal vez una choza formada de ramas de terebinto y de palmera, sobre la cual el viajero arrojaba su manto de piel de cabra. Eran las cuatro de la tarde cuando Andrés entró en la morada de Jesús, y se quedó con Él todo el día. «¡Oh día dichoso!
—exclamaba San Agustín—. ¡Quién pudiera decirnos lo que en aquellas horas aprendió el afortunado discípulo.»
Loco de alegría con su descubrimiento, Andrés fue a anunciárselo a su hermano.
—He hallado al Mesías—le dijo.
Y, cogiéndole del brazo, le llevó a donde estaba Jesús. El Señor miró al hombre rudo, tostado por los aires y los soles del lago, y viendo en él la roca inmutable sobre la cual construiría su Iglesia, le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Jonás; pero en adelante te llamarás Pedro.»
Desde entonces los dos hermanos fueron discípulos de Cristo. En otra ocasión, antes del llamado final al apostolado, fueron llamados a una compañía más cercana, y luego dejaron todo para seguir a Jesús (Lucas v, 11; Mateo., iv, 19, 20; Marcos, i, 17, 18). Finalmente Andrés fue elegido para ser uno de los Doce; y en las varias listas de Apóstoles dadas en el Nuevo Testamento (Mateo, x, 2-4; Marcos, iii, 16-19; Lucas, vi, 14-16; Actos, i, 13) siempre aparece entre los primeros cuatro. La única otra referencia explícita a él en los sinópticos aparece en Marcos, xiii, 3, donde se nos dice que se unió con Pedro, Santiago y Juan para proponer la cuestión que condujo a Nuestro Señor a dar su gran discurso escatológico. Además de esta información, aprendemos del cuarto Evangelio que en ocasión de la milagrosa alimentación de los cinco mil, fue Andrés quien dijo: "Hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados: pero ¿qué son estas cosas para tanta gente?" (Juan, vi, 8, 9); y cuando, unos pocos días antes de la muerte de Nuestro Señor, algunos griegos le preguntaron a Felipe si ellos podrían ver a Jesús, Felipe refirió el tema a Andrés como a quien tiene gran autoridad, y luego ambos se lo anunciaron a Cristo (Juan, xii, 20-22). Como sucede con la mayoría de los Doce, Andrés no es nombrado en el libro de los Hechos, a excepción de las listas de los Apóstoles, donde el orden de los cuatro primeros es Pedro, Juan, Santiago y Andrés; tampoco hay mención alguna de Andrés en las epístolas ni en el Apocalipsis.
Después Jesús se volvió a Galilea, y los dos discípulos siguieron echando sus redes en el agua. Pero al poco tiempo el Profeta de Nazareth estaba de vuelta en Cafarnaúm, «su ciudad», como dice San Mateo. Y sucedió que un atardecer volvió a ver Jesús a los dos hermanos, que desde su barca arrojaban las redes en el mar; y hablándoles desde la orilla, les dijo: «Venid en pos de Mí, que Yo os haré pescadores de hombres.» Era la vocación definitiva. En el mismo instante, Simón y Andrés dejaron la barca y las redes y siguieron a Jesús.
Durante
tres años, Andrés recogió los secretos del
corazón del Maestro, como uno de los Doce, Andrés fue
admitido en cercana familiaridad con Nuestro Señor durante su
vida publica; estuvo presente en la Ultima Cena; vio al Señor
resucitado; presenció la Ascensión del Señor;
compartió las gracias y dones del primer Pentecostés, y
ayudo, entre amenazas y persecuciones, a establecer la Fe en
Palestina. De todos los Doce fue el primero en seguir a Jesús;
y aquel primer entusiasmo no desmaya nunca, ni en los caminos de
Galilea, ni en los silencios del desierto, ni ante los muros enemigos
de Jerusalén. Oye con los demás Apóstoles el
mandato divino: «Id y predicad a todas las gentes»; y
cuando llega la hora de lanzarse a través del mundo a predicar
la buena nueva, deja para siempre su tierra y el lago inolvidable
donde había brillado para él la luz de la verdad, y
camina a través del mundo romano, enarbolando intrépidamente
la antorcha divina: del Asia Menor al Peloponeso, del Peloponeso a
Tracia, de Tracia a las regiones del Ponto Euxino. No le detiene el
Cáucaso, ni las fronteras del Imperio. Donde ha renunciado a
pasar el soldado de Roma, allá llega él armado de la
cruz. La región misteriosa de la Escitia, cuna de hordas
salvajes y de conquistadores bárbaros, le mira como su primer
Apóstol. Los helenos, acostumbrados a la música poética
de Sófocles, escuchan ahora con respeto esta voz que tiene
rudezas semitas, pero que trae la luz a los espíritus y el
calor a los corazones. En Patras, ciudad de Acaia, la multitud rodea
al sabio que predica la filosofía de la cruz. Andrés es
un apasionado de la cruz. La cruz es su bandera, su espada y su
armadura. Llevado a presencia del prefecto, le dice: «Oh Egeas;
si tú quisieses conocer este misterio de la cruz, y cómo
el Creador del mundo quiso morir en el madero para salvar al hombre,
seguramente creerías en él y le adorarías.»
Recibió despectivo la invitación del Apóstol y le ordenó que sacrificase a los dioses. Es bellísima la respuesta de Andrés: «Cada día ofrezco a Dios todopoderoso un sacrificio vivo, no el humo del incienso, ni la sangre de los cabritos, ni la sangre de los toros; mi ofrenda es el Cordero sin mancha, cuya carne es verdadera comida, y cuya sangre es verdadera bebida con que se alimenta el pueblo creyente; y, a pesar de esto, después de la inmolación persevera vivo y entero, como antes de ser sacrificado.»
Estas misteriosas palabras provocaron, como era natural, la cólera del magistrado. Condenado a muerte, Andrés vio levantarse ante sí una cruz en forma de aspa. Era el instrumento del suplicio. Lleno de júbilo, cayó delante de ella, prorrumpiendo en aquellas palabras que la Iglesia ha recogido en su liturgia: « ¡Oh cruz amable, oh cruz ardientemente deseada y al fin tan dichosamente hallada! ¡Oh cruz que serviste de lecho a mi Señor y Maestro, recíbeme en tus brazos y llévame de en medio de los hombres para que por ti me reciba quien me redimió por ti y su amor me posea eternamente!» Así Andrés, «el primogénito de los Apóstoles», como le llama Bossuet, fue elegido para dar al mundo un ejemplo heroico de amor al signo adorable de la cruz.














































